El relato, la medicina que los pacientes nos enseñan

Conozco a Pilar y Juan desde hace más de ocho años. Siempre se han visitado en su mutua privada, venían a la  consulta a enseñarme la multitud de informes y pruebas complementarias de los diferentes especialistas que les llevaban, y por supuesto a pedir las recetas, a veces interminables listas de la compra, que debían a la farmacia.

Tras la consulta habitualmente me sentía frustrada, ocupaban mucho del escaso tiempo que tenía y sin embargo, tenía la sensación de que como médico no había aportado absolutamente nada. Media hora, que restaba de una correcta atención a otros pacientes, que quizá lo necesitaran más.

En algunas ocasiones me había tenido que “pelear” para hacer prevalecer mi criterio ante tratamientos que consideraba “no adecuados” para la patología que presentaban.

En el último año Pilar ha sufrido varios ingresos de gravedad, con complicaciones secundarias a su pluripatología.  En mi mente de médica de familia, detecto que ambos están entrando en un periodo de fragilidad, ese que no sale en las analíticas, ni en las pruebas complementarias, pero que detectas en la consulta, porque conoces a esos pacientes de hace años. No hace falta ni test diagnóstico, ni escalas de riesgo, es algo que intuyes, sin más.

Ayer Juan vino sólo, venía con sus analíticas… pero él y yo sabíamos que quería hablarme de Pilar, aunque para ella no había pedido cita.

Mientras tecleo en la historia informatizada, Juan  me mira fijamente. El  ordenador comienza a emitir señales incómodas,  alertas sobre fármacos no adecuados, parámetros clínicos y analíticos (generalmente cardiovasculares) que no se cumplen adecuadamente o patologías que no están tratadas exactamente como dicen los ensayos clínicos, aquellos que paradójicamente excluyen a pacientes como Juan.

En un ataque de lucidez y sentido común, dando la espalda a todas esas señales que intentan distraer mi atención para que la historia clínica sea “perfecta”, me giro hacia él y pregunto

-Este último año ha sido muy duro para los dos ¿cómo lo llevas?

Me mira agradecido y su respuesta me deja clavada en la silla mientras las lágrimas amenazan con aparecer…

-Me l’estimo amb bogeria (la quiero con locura)

Callo y espero, definitivamente hoy no pienso registrar en el ordenador la analítica que me trae.

Empieza su relato… palabras sinceras, sabias que me explican desde su experiencia todo aquello que ningún tratado de geriatría habría podido trasmitirme con tanta claridad. Habla de fragilidad, de pérdida de autonomía, de la necesidad de confiar en otros para poder seguir adelante, de la sensación de no tener el control sobre su propia vida, de los momentos de pareja, del miedo a la soledad cuando ella no está….y finalmente si ella  no estuviera.

Termina de hablar, me tiende su mano

-Gracias por escucharme, hablar con usted siempre me ayuda, da sentido a mis pensamientos- me dice mientras recoge sus cosas y se levanta para marcharse.

Cuando cierra la puerta, me vuelvo hacia el ordenador, vuelvo a abrir la historia clínica y escribo una sola palabra que pretende resumir la intensidad de esa visita “hablamos”.

Sonrío, creo que es la primera vez que me he sentido útil como médico con ellos. Sin embargo pienso, ¿hubiera sido posible esta entrevista si no hubiera habido tantas otras que yo consideraba “sin valor”?

Firmado:

Doctorsita

 

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